De qué vale dar el corazón,
Si no es suficiente.
Quizás vale poco,
Tal vez no importa mucho.
De qué vale robar el cielo
Y llevárselo a su puerta.
Si quizás vale poco,
Tal vez no importa mucho.
De qué vale soñar con ella,
Si al llamarla no te reconoce.
De qué vale enamorarse
Si lo hago solo.
De qué vale un beso
O escribirle un poema.
Si quizás vale poco,
Tal vez no importa mucho.
viernes, 6 de junio de 2008
La hormiga y el elefante
Acaso mira alguna vez el grande al pequeño.
Nunca lo ve, a veces lo pisa.
Pero acaso mira alguna vez el pequeño al grande.
No sólo lo mira, sino lo siente,
Lo sufre, lo lamenta.
¿Puede la hormiga pisar al elefante?
No lo dudo,
Pero dudo de la naturaleza,
De lo que me rodea.
Y aunque sé que algún día
El sol se teñirá color hormiga,
También sé que es lejano,
Difícil, muy luchado.
Pero la única ley es la justicia.
La hormiga pisará al elefante,
De eso, no tengo duda.
Nunca lo ve, a veces lo pisa.
Pero acaso mira alguna vez el pequeño al grande.
No sólo lo mira, sino lo siente,
Lo sufre, lo lamenta.
¿Puede la hormiga pisar al elefante?
No lo dudo,
Pero dudo de la naturaleza,
De lo que me rodea.
Y aunque sé que algún día
El sol se teñirá color hormiga,
También sé que es lejano,
Difícil, muy luchado.
Pero la única ley es la justicia.
La hormiga pisará al elefante,
De eso, no tengo duda.
Dieciocho
Te amo sin una razón lógica para amarte,
Sin sentido, sin motivo, ni premeditación.
Te amo porque no creo que pueda ser de otra manera,
En la distancia, al lado mío, donde quiera que estés.
Te amo más allá de lo físico y hasta de lo espiritual,
Más allá del tiempo y el espacio.
Te amo dieciocho veces al día,
Dieciocho, treinta y seis, setenta y dos.
Te amo como a la simple inercia de respirar, de vivir.
Te amo porque soy mejor persona contigo,
Porque no sé como ser sin ti.
Te amo cuando toco tus manos, tu rostro,
Tus cabellos, tu nariz, tu cuello, tus labios con mis labios.
Te amo indiferente, frió y calculador.
Te amo a mi manera simple y compleja,
Simple y mediocre, simple y única.
Te amo con un suspiro solitario,
Con una llamada telepática.
Te amo porque no te tengo ahora.
Te amo porque te tengo siempre.
Te amo porque dudas, porque me preguntas si te amo.
Te amo con mis rodillas temblorosas
Y mis peinados estrafalarios, mis chistes estúpidos.
Te amo porque me haces menos miserable.
Te amo y aunque tal vez no sé que es el amor,
No importa, día a día aprendo contigo.
Sin sentido, sin motivo, ni premeditación.
Te amo porque no creo que pueda ser de otra manera,
En la distancia, al lado mío, donde quiera que estés.
Te amo más allá de lo físico y hasta de lo espiritual,
Más allá del tiempo y el espacio.
Te amo dieciocho veces al día,
Dieciocho, treinta y seis, setenta y dos.
Te amo como a la simple inercia de respirar, de vivir.
Te amo porque soy mejor persona contigo,
Porque no sé como ser sin ti.
Te amo cuando toco tus manos, tu rostro,
Tus cabellos, tu nariz, tu cuello, tus labios con mis labios.
Te amo indiferente, frió y calculador.
Te amo a mi manera simple y compleja,
Simple y mediocre, simple y única.
Te amo con un suspiro solitario,
Con una llamada telepática.
Te amo porque no te tengo ahora.
Te amo porque te tengo siempre.
Te amo porque dudas, porque me preguntas si te amo.
Te amo con mis rodillas temblorosas
Y mis peinados estrafalarios, mis chistes estúpidos.
Te amo porque me haces menos miserable.
Te amo y aunque tal vez no sé que es el amor,
No importa, día a día aprendo contigo.
Noche Mágica
Concibo miserable mi vida
Esperando migajas de ti,
Frotando mis manos y
Viendo tú retrato.
Por montones, mis emociones
Atadas descansan sobre mí,
Mi corazón explota, resignado
Ante un destino escrito.
Gracias por la quimera,
Por la noche mágica,
Por no esconder tú retrato,
Por aumentar mi fuego.
Al final, como siempre,
Terminaste elegante,
Glamorosa estaca sobre mí
Quejumbroso corazón inconforme.
Clavaste, la única esperanza que tú sembraste.
Gracias, ahora dormiré en paz.
Esperando migajas de ti,
Frotando mis manos y
Viendo tú retrato.
Por montones, mis emociones
Atadas descansan sobre mí,
Mi corazón explota, resignado
Ante un destino escrito.
Gracias por la quimera,
Por la noche mágica,
Por no esconder tú retrato,
Por aumentar mi fuego.
Al final, como siempre,
Terminaste elegante,
Glamorosa estaca sobre mí
Quejumbroso corazón inconforme.
Clavaste, la única esperanza que tú sembraste.
Gracias, ahora dormiré en paz.
Fotografía, tu fotografía
Cada señal de tu cuerpo me enseña a amarte como te amo.
No por nada esa mirada reconforta todas mis mañanas, todos mis días, toda mi vida.
Tu cabello, esos rizos que caen sobre tus hombros, acompañan ese rostro apacible, dulce y mío.
Mío porque lo siento así con esta fotografía frente a mí.
Esos luceros que más de una vez me llevaron al infinito, a lo prohibido y, porque no, al paraíso.
Esos luceros que me arrebataron la necesidad de divagar sin sentido, sin un norte, sin ti, pero me dieron la alegría de soñar escribiendo, de leer en ellos, la más maravillosa poesía que el mundo pudiera haber concebido.
Es la noche que sólo me acompaña, te extrañamos las dos, yo más que ella.
Mi ventana, una noche como ésta, de agosto, me preguntó por qué te amo: No lo sé, respondí, mejor que le pregunte a tus labios.
Porque cada segundo que muere mientras escribo esta carta, cada pedazo de tiempo que se escurre entre mis manos, cada palabra que brota del aire que respiro, cada idea, sueño, añoranza, deseo, anhelo, lleva tu nombre.
Porque soy victima de tu fotografía, que me persigue, impresa en mi memoria, en mi subconsciente, en lo más profundo de mí ser, de mi yo interior.
Porque no puedo controlar los efectos de tu mirada en esta fotografía, de tu sonrisa, de esos rizos que sobre tus hombros, bailan, acompañando tu andar.
Porque no puedo controlar los efectos de tu sola presencia, de ti.
Porque sólo Dios entiende el amor que siento y lo maravillado que me encuentro tocando tú fotografía.
Porque sólo Dios puede ser el autor de esta novela tan tuya, tan mía, tan nuestra.
Y sólo Dios creerá que nuestro amor no tiene sentido si tu estas lejos, sino estas conmigo.
Yo creeré, o quiero pensar, que tu siempre estas aquí, conmigo, en esta fotografía.
No por nada esa mirada reconforta todas mis mañanas, todos mis días, toda mi vida.
Tu cabello, esos rizos que caen sobre tus hombros, acompañan ese rostro apacible, dulce y mío.
Mío porque lo siento así con esta fotografía frente a mí.
Esos luceros que más de una vez me llevaron al infinito, a lo prohibido y, porque no, al paraíso.
Esos luceros que me arrebataron la necesidad de divagar sin sentido, sin un norte, sin ti, pero me dieron la alegría de soñar escribiendo, de leer en ellos, la más maravillosa poesía que el mundo pudiera haber concebido.
Es la noche que sólo me acompaña, te extrañamos las dos, yo más que ella.
Mi ventana, una noche como ésta, de agosto, me preguntó por qué te amo: No lo sé, respondí, mejor que le pregunte a tus labios.
Porque cada segundo que muere mientras escribo esta carta, cada pedazo de tiempo que se escurre entre mis manos, cada palabra que brota del aire que respiro, cada idea, sueño, añoranza, deseo, anhelo, lleva tu nombre.
Porque soy victima de tu fotografía, que me persigue, impresa en mi memoria, en mi subconsciente, en lo más profundo de mí ser, de mi yo interior.
Porque no puedo controlar los efectos de tu mirada en esta fotografía, de tu sonrisa, de esos rizos que sobre tus hombros, bailan, acompañando tu andar.
Porque no puedo controlar los efectos de tu sola presencia, de ti.
Porque sólo Dios entiende el amor que siento y lo maravillado que me encuentro tocando tú fotografía.
Porque sólo Dios puede ser el autor de esta novela tan tuya, tan mía, tan nuestra.
Y sólo Dios creerá que nuestro amor no tiene sentido si tu estas lejos, sino estas conmigo.
Yo creeré, o quiero pensar, que tu siempre estas aquí, conmigo, en esta fotografía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
