Cada señal de tu cuerpo me enseña a amarte como te amo.
No por nada esa mirada reconforta todas mis mañanas, todos mis días, toda mi vida.
Tu cabello, esos rizos que caen sobre tus hombros, acompañan ese rostro apacible, dulce y mío.
Mío porque lo siento así con esta fotografía frente a mí.
Esos luceros que más de una vez me llevaron al infinito, a lo prohibido y, porque no, al paraíso.
Esos luceros que me arrebataron la necesidad de divagar sin sentido, sin un norte, sin ti, pero me dieron la alegría de soñar escribiendo, de leer en ellos, la más maravillosa poesía que el mundo pudiera haber concebido.
Es la noche que sólo me acompaña, te extrañamos las dos, yo más que ella.
Mi ventana, una noche como ésta, de agosto, me preguntó por qué te amo: No lo sé, respondí, mejor que le pregunte a tus labios.
Porque cada segundo que muere mientras escribo esta carta, cada pedazo de tiempo que se escurre entre mis manos, cada palabra que brota del aire que respiro, cada idea, sueño, añoranza, deseo, anhelo, lleva tu nombre.
Porque soy victima de tu fotografía, que me persigue, impresa en mi memoria, en mi subconsciente, en lo más profundo de mí ser, de mi yo interior.
Porque no puedo controlar los efectos de tu mirada en esta fotografía, de tu sonrisa, de esos rizos que sobre tus hombros, bailan, acompañando tu andar.
Porque no puedo controlar los efectos de tu sola presencia, de ti.
Porque sólo Dios entiende el amor que siento y lo maravillado que me encuentro tocando tú fotografía.
Porque sólo Dios puede ser el autor de esta novela tan tuya, tan mía, tan nuestra.
Y sólo Dios creerá que nuestro amor no tiene sentido si tu estas lejos, sino estas conmigo.
Yo creeré, o quiero pensar, que tu siempre estas aquí, conmigo, en esta fotografía.
viernes, 6 de junio de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
simplemente encantada!...muy buena poesia o algo parecido...muy parecido...encontre a un poeta!
Publicar un comentario